Asa Cristina Laurell

Derecho a la Salud

La crisis del ébola

Asa Cristina Laurell

La Jornada. 12 de diciembre de 2014

El pánico por el ébola en los países desarrollados ha disminuido pero ha dejado enseñanzas importantes. Actualizó la advertencia de Naomi Klein en La doctrina de shock de que las epidemias pueden ser utilizadas para generar el miedo colectivo que luego sirve para suprimir derechos. Comparen las acciones de Cuba y Estados Unidos. Mientras Cuba mandó rápidamente personal médico, Estados Unidos mandó 3 mil soldados para detener la epidemia. Unos se solidarizaron con los pueblos afectados y otros se fueron por el camino militar. La intervención de Médicos Sin Fronteras es otro ejemplo de solidaridad desinteresada y humanista.

Por su parte, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas realizó por primera vez una sesión urgente por un problema de salud pública. Fue unánime la aceptación de una resolución, presentada por Estados Unidos, que calificó al ébola como amenaza a la paz y la seguridad internacional. La Organización Mundial de la Salud ha alertado sobre la posibilidad de una pandemia y una catástrofe humanitaria en los países afectados.

Es de destacar que desde el descubrimiento del virus, en 1976, ha habido casos de ébola todos los años, con brotes importantes en 1976, 1995, 2000 y 2007, todos en África. Su llegada a Estados Unidos y Europa desató el pánico, particularmente por el mal manejo de algunos casos. En Estados Unidos fue porque un enfermo no tenía seguro médico y en España porque la reforma en curso había desmontado la estructura de atención requerida.

La actual epidemia en África Occidental, particularmente en Sierra Leona, Guinea y Liberia, efectivamente es mucho más grave que los anteriores brotes, con un estimado de 7 mil muertos y 16 mil 200 contagiados de agosto a noviembre. Sin embargo, estos datos son mucho más bajos que las muertes por otras enfermedades infecciosas comunes que en Sierra Leona son anualmente 68 mil, de las cuales 10 mil son por enfermedades prevenibles con vacunas básicas; en Guinea los datos correspondientes son 57 mil y 9 mil 400, y en Liberia 20 mil y 9 mil 500. Y nadie había considerado una crisis humanitaria. Es decir, de agosto a noviembre por lo menos fallecieron por estas enfermedades comunes unas 40 mil personas versus las 7 mil víctimas del ébola.

Estos países se encuentran entre los más pobres del mundo: la pobreza extrema llega a 55 por ciento en Guinea, 65 por ciento en Liberia y 53 por ciento en Sierra Leona. Aparte de graves conflictos políticos internos, estas naciones han pasado por procesos de ajuste estructural. Han devastado los sistemas de salud, lo que en parte explica sus grandes dificultades de responder ante la epidemia. Como acostumbran el Banco Mundial y las grandes fundaciones neofilantrópicas, se han impuesto programas focalizados y verticales para enfermedades específicas pero con malos resultados, ya que la tuberculosis, el paludismo, el sida y las enfermedades prevenibles con vacunas básicas siguen entre las principales causas de muerte.

Sin embargo, lo más grave es que estos programas destruyen la base de los sistemas de salud e impiden las acciones integradas de salud pública en el terreno, hecho que ha sido sistemáticamente denunciado desde hace tiempo, por ejemplo, por el Movimiento de Salud de los Pueblos y otras organizaciones civiles de salud. Las razones de la destrucción son varias. Por una parte, al focalizar los programas se deja de lado la problemática sanitaria general y colectiva. Por otra, estos programas tienden a causar una especie de fuga de cerebros interna, ya que atraen al personal de salud más calificado al ofrecer salarios muy por encima de los del sistema público.

La epidemia de ébola ha dado un impulso importante a la investigación sobre vacunas y medicamentos para combatir el virus; sin embargo, se trata de productos de muy alto costo que no han pasado por las pruebas clínicas necesarias, cuyas posibles reacciones adversas se desconocen. No podrán entonces ser utilizadas para detener la epidemia y tratar a los enfermos de forma masiva. Hacerlo involucraría problemas éticos importantes.

Resulta significativo que la empresa Mapp Bio, productora del medicamento Zmapp (una mezcla de anticuerpos monoclonales), trabaja en colaboración con el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Se puede pensar que su uso será para los que pueden pagarlo o durante futuras incursiones militares, no para salvar la vida de los pobres que se pone en riesgo sin mayores consideraciones. Como en Ayotzinapa.

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