Asa Cristina Laurell

Derecho a la Salud

La elección presidencial y la ciencia política: la sociedad no es un ensayo controlado

Asa Cristina Laurell

La Jornada 7 de Julio de 2012

 

El proceso de la elección presidencial deja una serie de enseñanzas a la sociedad y a los científicos. La irrupción en el escenario de los estudiantes participantes en el movimiento #YoSoy132 fue una sorpresa absoluta para la mayoría de los politólogos. La suposición de que la cantidad numérica, basada en la medición de opinión de los individuos, es la misma que la opinión de una colectividad cayó por su propio peso. Pensamos diferente en soledad que cuando intercambiamos opiniones y experiencias con otros de nuestro grupo. No es un fenómeno novedoso. Cabe recordar el amplio estudio hecho con una encuesta en Francia en 1967 que concluyó que los trabajadores franceses ya no tenían conciencia de clase. Poco después, estos mismos trabajadores sin concienciaocuparon un gran número de fábricas en mayo y junio de 1968 con la exigencia de un cambio profundo en la sociedad.

Un porcentaje alto de la población mexicana, 80 por ciento, se enteró del movimiento estudiantil y sus demandas a pesar de la poca cobertura de medios y los intentos de manipular su contenido, al presentarlo como una conspiración partidista. La premisa de muchos politólogos del control absoluto de las grandes televisoras sobre la opinión pública sufrió con ello un revés importante. La acción resuelta de un grupo numéricamente minoritario mostró que puede tener una influencia decisiva para poner en entredicho procesos considerados inmutables.

La encuestología política (materia destacada en las facultades de ciencia política y sociología) también ha sido cuestionada. A parte de todas las maniobras para demostrar que un candidato va a la cabeza, queda en evidencia que un porcentaje importante no quiere responder, como demostró el Observatorio Universitario Electoral, o mienten sobre su intención del voto. Sólo un ejemplo: En el mercado de compra del voto, inmenso en nuestro país, no se puede suponer que las personas distinguen entre una encuesta y una medida partidista para investigar si mantienen su compromiso de voto. Es decir, es incorrecto postular que están controladas todas las variables menos la que se mide.

Por otra parte, los resultados electorales también pusieron a descubierto que las encuestas prelectorales, ampliamente difundidas, estaban lejos de acertar. Por ejemplo la de GEA-ISA, publicada diariamente en Milenio, tenía un error de 18.4 por ciento, y la de El Universal, de 17.7 porcentual.

Si los científicos sociales hubieran planteado e investigado otras hipótesis sobre qué fenómenos determinan el resultado electoral en México podrían haber alertado sobre aspectos muy importantes de defraudación a la voluntad popular. Hubieran develado que la amenaza, el miedo y el lucro con la pobreza están presentes masivamente, en particular en las zonas populares con feudos partidistas en el barrio, la colonia o el pueblo. También pudieran haber predicho (que es la función de la ciencia) que habría que poner bajo escrutinio estrecho las distintas formas de financiamiento ilegal de las campañas y de la compra de votos. A estos temas se debería además añadir el papel crucial de los poderes fácticos.

La ironía es que estos temas, de amplio conocimiento popular, fueron tratados insistentemente por algunos periodistas y por unos pocos científicos sociales. El resto desperdiciaron su oportunidad de poner la ciencia al servicio de la sociedad. El tema de fondo es que el neoempirismo y las métricas que ha puesto de moda hacenrecortes de la realidad social que ignoran o excluyen sus procesos complejos e históricos. No es sólo un error metodológico o técnico, sino fundamentalmente conceptual. Cuando se estudia la sociedad hay que asumir que es imposible controlar todas las variables menos las bajo estudio; los procesos sociales no puede ser un ensayo controlado. La llamada teoría crítica latinoamericana reconoce este hecho y no trata de imitar el paradigma de las ciencias exactas.

Estamos hoy, como sociedad, ante un nuevo trance. La combinación de la rigidez jurídica de los órganos electorales y la numerología como único criterio de verdad nos pone en riesgo de un nuevo conflicto profundo, esencialmente protagonizado por los jóvenes y millones de mexicanos que quieren vivir en democracia con instituciones sólidas y legítimas.

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